Cada vez que veo la cara de un perro en la calle que no se está divirtiendo mucho o no la pasa bien, siento que me arrancan un pedazo de mi alma. Como si revirtieran esos recuerdos bonitos al lado de uno de ellos y ahora dolieran proporcionalmente. Un pedazo de mi alma muere cuando veo un perro muerto al lado del camino y sin duda ya no soy el mismo desde que he presenciado dos atropellamientos fatales. Lo sé muy bien, me proyecto en ellos porque manifiestan su no comprensión del mundo caótico gobernado por humanos perversos. Incomprensión que manifiestan con ojos tristes y orejas y rabos retraídos, yo soy igual, en el fondo. Por otro lado admiro y venero su simpleza emocional y expresiva, su entrega sincera; muchos humanos deberíamos aprender de ellos, así, en general. Yo creo que muchos perros sufren más por negligencia del hombre que por la irremediable naturaleza de las cosas. Quisiera hacer algo grande por ellos; un cambio en los humanos.
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miércoles, diciembre 12, 2012
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